A veces queremos seguir a Jesús, queriendo vivir la vida que teníamos antes de conocerle, pero Jesús nos dice que si queremos seguirle, es necesario que nos neguemos a nosotros mismos, es decir, dar un giro a la forma en que antes vivíamos; por lo tanto, es necesario morir a la carne, para poder seguirlo.

Negándome A Mi Mismo

En una oportunidad, una multitud de personas seguía a Jesús, junto con sus discípulos y Él les dijo lo siguiente: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23)

¿A qué se refería con que nos negáramos a nosotros mismos? Seguir los pasos de Jesús, significa, dejar todo aquello que antes éramos, para vivir una nueva vida en Él, esto es, negarnos a nuestros deseos de la carne para de esta forma, parecernos más a Él.

¿Y cuáles son los deseos de la carne? Dice su palabra: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21)

Siempre me he considerado una persona impulsiva y de carácter fuerte, cuando me enojo, voy de 0 a 200 km/hr en un abrir y cerrar de ojos. A veces ni cuenta me doy, cuando hago algo que no quiero hacer y luego termino arrepintiéndome.

Negarme a mí mismo significa el no dejarme llevar por la ira y controlar mis emociones, dejar de seguir haciendo aquellas cosas que deleitan a mi carne, y vivir conforme la vida que Dios quiere que viva, pues dice la palabra: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:6-7)

Muriendo A La Carne

Negarnos a nosotros mismos o lo que es lo mismo, morir a la carne, es un proceso por demás difícil, al menos inicialmente, pues el pecado usualmente es deleitoso ¿Pues quien pecaría entonces si fuera lo contrario? Pecamos, porque nos gusta lo que hacemos; nunca he escuchado a un borracho decir que no le gusta beber, que la bebida es horrible; al inicio puede tener sabor amargo, pero luego de hacerlo repetidamente, te darás cuenta de que ya luego ni le sientes sabor y de la misma manera funciona con todos los pecados.

El que adultera, podrá tener remordimiento en la primera ocasión, pero ya una vez que te acostumbras, ya ni cuenta te das de lo que haces, te haces inmune al sentimiento de pecado, pues dice un dicho muy popular “La costumbre se hace ley

Pecar es incluso deleitoso para aquellos que le quitan la vida a otra persona, pues tienen su corazón tan endurecido, que ni siquiera sienten pena por un instante por la vida que arrebataron.

Por lo tanto, cuando luchamos para hacer morir esos deseos de la carne, nos dolerá; pero como decía anteriormente, lo será al menos al inicio, porque ya una vez que aprendes a morir día a día, en las cosas más pequeñas; he notado, por lo menos en mí, que cada vez, me cuesta menos morir en las cosas más grandes.

Usualmente el pecado se manifiesta en la forma de tentación, tu decides si cedes o no, porque dice la palabra: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13) y también dice: “Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina su espíritu” (Proverbios 25:28)

Este proceso no es posible sin la ayuda del Espíritu Santo, pues es Él quien nos convence de pecado, y aquellas cosas que para nosotros antes eran normales, sin darnos cuenta, de repente tenemos una voz interna que nos dice “no lo hagas” pues dice su palabra: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado y de la justicia de Dios y del juicio que viene” (Juan 16:8)

Dice la palabra: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23) Así que cuando el Espíritu Santo mora en nosotros, tarde o temprano llevaremos todos estos frutos; es un proceso de crecimiento espiritual, día a día, paso a paso.

Morir a la carne es una labor de todos los días pues dice la palabra: “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; más si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13) y también dice: “Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24)

Naciendo de Nuevo

En cierta oportunidad Jesús habló con un fariseo (Una persona que observaba la ley de Dios de forma muy estricta) de nombre Nicodemo y le dijo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:3-6)

Por mucho tiempo y como Nicodemo, yo no entendía este concepto, hasta que el Espíritu Santo me lo reveló.  Nacemos de nuevo, cuando con la ayuda del Espíritu Santo, hacemos morir todas las obras de la carne; cuando nos negamos a nosotros mismos y a nuestros deseos, para comenzar a caminar con Jesús. Es imposible que aquel que venga a los pies de Cristo y reciba al Espíritu Santo, siga siendo la misma persona, podrás pecar, pero ya no te sentirás cómodo haciéndolo, hay algo dentro de ti que te persuade que lo que estas haciendo, no es lo correcto.

El Espíritu Santo es esa voz interna y si la escuchas, pronto comenzaras a notar como cambia tu vida y cada vez escucharas su voz de forma más fuerte, mientras que si decides ignorarla, Él te seguirá hablando, pero su voz se escuchará cada vez menos audible, hasta que un día, simplemente no la escuches, no porque Él no te hable, sino porque tu decidiste no escucharlo; de pronto, ni cuenta te darás como te alejaste de Dios, créeme a mí me pasó.

Dice la palabra: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad“ (Efesios 4:22)

El proceso de morir a mí mismo es una lucha día tras día, pues todos los días decido morir a mis deseos de la carne, me niego a todo aquello que va en contra de la naturaleza de Dios mismo, contra su voluntad y así, una vez muerto a mí mismo, renazco nuevamente en Cristo Jesús, pues dice su palabra: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias” (Romanos 6:11-12)

Y también dice la palabra: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2)

Amén!

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